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October 31 Tema siguiente Aparté la cortina y allí estaba: el engorroso trozo de papel que había estado a punto de ser mi perdición. Lo dejé donde estaba y me fui a dar una vuelta alrededor del nuevo monumento que habían inaugurado en el centro de la ciudad: el círculo infinito. Eso me entretendría un rato y me ayudaría a pensar un poco, aunque no demasiado. Había mucha niebla. Aquel día era de fresa y resultaba un tanto desagradable de respirar continuamente, pero, ¿qué podía hacer yo? Lo único que me quedaba era una cortina tras la que ocultaba un papel, ni siquiera una habitación para guardar ambas cosas, lo cual podía llegar a ser muy triste los miércoles por la noche. Pero volviendo al hilo principal de la historia, era cierto que el círculo era infinito, así que empleé un truco muy viejo que me enseñó un anciano en una para de autobús por si alguna vez me encontraba con un círculo infinito: me puse a gritar hasta que llegó una enfermera con un bote enorme de pastillas, de las cuales ninguna era para mí, pero al menos me calmé y pude pensar con claridad durante el tiempo que tardé en llegar al final del círculo infinito. Cuando llegué al final me encontré con la enfermera, que se había tomado ella solita todas las pastillas, y fue entonces cuando descubrí una gran verdad: la enfermera conocía un atajo. En esa situación hice lo que cualquier persona cabal como yo hubiera hecho: me fui directo al psiquiátrico en el que trabajaba ella para preguntarle al director por qué sus enfermeras conocían atajos para llegar al final del círculo infinito. Esperé en la puerta durante horas hasta que después de cinco minutos el director saliera a recibirme. Caminamos a la par que charlamos, y durante el recorrido me contó muchas cosas interesantes. -Detrás de esa puerta de ahí tenemos un montón de televisores averiados -me explicó-. En realidad están tan mal que no valen ni para arreglarlos, pero así llenamos habitaciones. De esa forma, cuando ya no queda espacio, podemos enviar una carta a alguna parte para que inviertan más en nosotros y nos construyan nuevas alas en el edificio. Por eso el hospital es tan grande y tenemos tan poco personal y enfermos. Bueno, le confiaré un secreto: no tenemos ni un enfermo, sólo habitaciones llenas de televisores. Pero estamos en proceso de conseguir al primero. Ya sabe cómo van estas cosas, llega alguien, le enseño las instalaciones, decide que le gusta el lugar, y se queda en la única habitación en la que no hay televisión. Luego rellenamos con televisores y ampliamos el edificio. Bueno, ¿qué me dice? Con tanto hablar y dar vueltas habíamos llegado a una habitación blanca y vacía cuya única decoración era una ventana dibujada en la pared. Miré al director a los ojos y le dije, muy seriamente: -¿Tienen servicio? -Por supuesto, está al fondo de la habitación a la derecha. -Gracias. Entré en la habitación y acto seguido escuché el portazo: me había encerrado el vil y traidor director. Y encima no había servicio allí dentro. Había sido una suerte, en cierto modo, que aquel día hubiese durado tanto, pues el anochecer estaba próximo. En cuanto cayó la noche me fabriqué una cuerda con lascas de pintura arrancadas de la pared y me descolgué por la ventana al patio. La hierba estaba muy alta, y casi caí al interior de un pozo de madera que llevaba allí desde 1745, a juzgar por la placa que ponía "construido en 1745". Lo rodeé y encontré una trampilla en el suelo, ideal para despistar a las enfermeras drogadas de guardia que a esas horas andarían buscándome. Al llegar abajo descubrí que estaba en una mina de carbón que había sido usada en otro tiempo por Sus Reales Majestades los Reyes Magos, pero la cerraron cuando se agotó el mineral y se trasladaron a no sé exactamente dónde, pero por ahí. Avancé en la más absoluta oscuridad, con los ojos entrecerrados para no cegarme, y al final llegué a una pequeña estancia con estanterías en las paredes, que parecían a punto de precipitarse hacia el techo. Había una mesa, mitad de madera, mitad de un metal que identifiqué como metal, y sobre ella... mi cortina. Estaba desgarrada y había manchas de sangre en ella. -Aquí ha habido una pelea -dije en voz alta para escuchar mi voz un rato-. Mi cortina estaba bien puesta, hasta que alguien llegó, hubo un forcejeo, la cortina se rasgó y quienquiera que llegase pudo acceder a mi papel y... ¡oh, no, mi papel no está! Lo primero que pensé fue en llamar a los bomberos, luego me di cuenta de que era una tontería, allí abajo no había teléfono. Cogí una pala de una estantería y salí por la puerta del fondo en busca de mi papel robado. October 28 Una de magos... Un mago nuevo llegó a la ciudad. Pero como era una ciudad de magos, a nadie le importó. No llovía, ni el viento hacía ondear las túnicas de vivos colores más de lo deseable. Era un día como otro cualquiera, pero el mago tenía un humor de perros y el buen tiempo no ayudaba a mejorarlo. Reservó un camino mágico con las últimas monedas que le quedaban para ir a la Torre de Alta, Media y Baja Hechicería, la torre de tamaño variable que se erguía en el centro de la ciudad y, en ocasiones especiales, en algún otro lugar. Cuando el camino quedó libre se apresuró y en unos instantes surcaba los aires y traspasaba objetos a la velocidad del rayo. Nada espectacular, el tedio cotidiando de un mago. Se sacudió el polvo de las botas para distraerse y cuando al cabo de unos minutos llegó al amplio vestíbulo de la torre se encontró con una desagradable multitud de de gente apiñada esperando para entrar. El recién llegado hubo de esperar más de dos horas para poder entrar, y su humor siguió empeorando mientras tanto. A punto estuvo de gritarle al mago viejo, flacucho y de túnica gris arrugada que esperaba al otro lado de la puerta, papel y pluma en mano, para dirigirle a sus nuevos aposentos. -Si "p" entonces "q" -le dijo amablemente, lo cual no tenía sentido en absoluto y a la vez lo tenía todo-. Enseguida las nubes cantan, si se lo permite. Un muchacho joven, que parecía ser un aprendiz, llegó corriendo como escupido por la multitud y se deshizo en un mar de disculpas absurdas que irritaron más que apaciguaron al visitante. -Es que está un poco ido de la bola, ¿sabe? Se le va y no hay quien lo coja, ahora dice que está inventando un lenguaje superior combinando magia y no sé qué más para que todos podamos entendernos mediante el lenguaje de la magia o algo así, ¿qué le parece? Chalado perdido, pero en sus momentos lúcidos es bueno, así que tiene un montón de aprendices a su cargo... venga, no se retrase, es por aquí, ya casi llegamos. El aprendiz guió al mago por interminables corredores de piedra, estrechas escaleras de caracol atestadas de gente, un campo de hierba en el que algunos practicantes se entretenían en chamuscar el asunto y una bruja gritaba incoherencias a un grupo de conejos drogados. -Creía que drogar conejos estaba prohibido -expresó el huésped al verlo. -Y lo está -respondió el joven aprendiz con una amplia sonrisa-. Ella es Lady Madam Muchos Otros Títulos Blaika. Fue ella quien lo prohibió, para reservarse ese derecho exclusivamente para ella. -Comprendo. -Pues será el único -dijo el joven encogiéndose de hombros-. Vamos, espero que esté en forma, tenemos que trepar este muro. La magia no está permitida en esta zona. Más malas noticias, pensó el mago, cada vez más irritado mientras iba buscando las grietas y puntos de apoyo estratégicamente situadas en el muro que el joven guía le iba indicando sin dejar de parlotear sobre la ciudad, el honor que tenía de poder visitar al Archimago Muchos Otros Títulos LaHond Keath, el precio del polvo de dragón y algunas otras tonterías más. Después de una larga subida, un par de escaleras de caracol arriba y abajo, un par de puertas cerradas con llave, una rata borracha y un largo pasillo en espiral, llegaron a un balcón desde el que se veía toda la ciudad. El mago se detuvo unos minutos en contemplar la vista. Por todas partes veía magos y brujas volando en toda clase de artilugios: alfombras, escobas, pegasos, barriles encantados y otras rarezas; cientos de caminos amarillos y azulados de magos que viajaban a través de los caminos de la magia a velocidades de vértigo, edificios que se movían de un lado a otro para dejar paso a otros edificios que se movían a su vez... la ciudad estaba viva, muy viva. Subieron un último tramo de escalera y tras una cortina azul semitransparente hallaron la Cámara de los Siete Sabios, llamada así porque en su interior se encontraba el Consejo de los Siete Sabios. -Eminencias Muchos Otros Títulos, miembros del Consejo, el señor Shawn ha llegado hoy como estaba previsto y tal como se me ordenó le he guiado hasta aquí. Shawn se adelantó un paso. La sala era un círculo perfecto, y los miembros del Consejo estaban sentados dispuestos en semicírculo a lo largo de la pared frente a la entrada. En el centro, ante el asiento del Archimago Muchos Otros Títulos Kiath, en un pequeño pedestal descansaba una pequeña piedra con vetas azules, rojas y negras: el Talismán Antimagia, que prohibía la magia en toda la torre y sus alrededores. -Señor Shawn -comenzó el Archimago- le damos la bienvenida... -Una lástima que el señor Shawn no haya podido venir -le interrumpió el supuesto señor Shawn-. Cuando le dejé en las llanuras Víbora no parecía muy vivo... -¿Qué es esto? -exclamó el Archimago indignado poniéndose en pie-. ¡Impostor! -No, no, no -dijo el mago con calma mientras caminaba despreocupado hacia el pedestal-. Un impostor es alguien que se hace pasar por otro alguien. Yo no soy Shawn. Está muerto, y no trato de hacerme pasar por él. Pero bueno, dejemos en paz a los muertos y hablemos de los vivos, de mí. Y de su ciudad. ¿Qué les parece? Me parece magnífica, me encanta. Me la quedo. Los miembros del Consejo lo miraban perplejos, el Archimago Muchos Otros Títulos, además, lo miraba ligeramente enervado. Decir que quería su ciudad... ¿cómo se atrevía? Tratando de contener su ira, Kiath le ordenó al extranjero que se marchase. -Lo lamento, pero ya he dicho que me quedo con vuestra ciudad. No me iré. Os iréis vosotros, malditos viejos. Largo de aquí. Kiath tomó el Talismán Antimagia y lo dirigió hacia su enemigo. -Este talismán absorbe toda la magia que se pone a su alcance. Así que, irónicamente, aunque inhibe el uso de magia a su alrdededor, es posible usarlo para extraer su magia y dirigirla a voluntad. Así que ahora mismo soy el único con capacidad para usar la magia en esta habitación. Le ruego que se marche si no quiere salir herido de aquí. -Un objeto fascinante -comentó el mago, como si no hubiera escuchado nada de lo que Kiath había dicho-, me he pasado mucho tiempo estudiándolo. Absorbe casi todos los tipos de magia... excepto uno. -¿Cuál? -preguntó Kiath, inseguro. -La que utilizo yo. Desde toda la ciudad se pudo ver el resplandor que iluminó la Cámara de los Siete Sabios. El conjuro fue fulminante. October 01 Tú y yo Tú eres tú y yo soy yo, ¿quién es más tonto de los dos? Yo que lo escribo y tú que lo lees, o quizá pienses que tú que lo escribes y yo que lo leo, pero si yo soy tú y tú eres yo... yo no soy yo ni tú eres tú, con lo cual si yo no soy yo ni soy tú, ¿quién eres tú o quién soy yo? ¿Y si tú eres yo y yo soy yo? ¿Somos yo tú y yo o sólo yo? ¿O sólo tú? ¿Y si tú eres tú y yo soy tú? Tal vez en ese caso yo no soy yo ni tú eres tú, así que si yo no soy yo ni lo eres tú... volvemos a lo mismo: ¿quién soy yo y quién eres tú? ¿Y si ninguno de los dos somos? ¿Ya no existimos? Y si yo no existo ni tú existes, entonces nadie tiene derecho a llamarse yo ni yo tengo derecho a llamar tú a nadie, y si nadie tiene derecho a ser tú ni tiene derecho a ser yo, entonces es que sólo yo puedo ser yo y sólo tú puedes ser tú. ¡Ajá! Qué hambre tengo... |
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