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November 19 Llaveros de plástico Bajo este atractivo título este espacio encierra una de las entradas más sobrecogedoras que mente humana haya sido capaz de asimilar... de hecho, aún no sé qué voy a escribir, pero lo veré dentro de un rato y sé que no podré asimilarlo. Cosas de la vida. Aquí, como se puede observar, he hecho una pausa para pensar qué narices escribir (porque mi otro yo me pide que escriba, pero no me dice qué) y para mirar por ahí enlaces que me pasan. ¿Qué, que no se nota? ¡Pues me da igual! Os voy a contar una historia. Una historia cruel, llena de muerte y maldad, que ocurrió hace mucho, mucho tiempo... (rayos y truenos, por favor). Ocurrió hace mucho tiempo, cuando la humanidad todavía no había aprendido a pensar y se limitaba a sentarse horas y horas delante de extrañas cajas en las que se sucedían infnidad de imágenes y sonidos... pero no, amigos, esas cajas no tenían teclado (¡horror!). En este tiempo los seres humanos eran seres singulares, no porque fueran únicos, porque eran más bien todos igualitos, sino porque eran egoístas y pensaban en singular (tomad mi palabra, porque yo de ser egoísta entiendo un rato). El caso es que por aquella época tan siniestra sucedió algo horrible, fantástico y, sobre todo, aburrido. Así es: el aburrimiento mismo, o una personificación suya bajó a la tierra y buscó un cuerpo en el que encarnarse y así poder estudiarnos, vigilarnos... Como no le gustó ningún cuerpo (ya he descrito a grandes rasgos lo que se podía encontrar como recipiente, así que no es de extrañar), decidió meterse en internet (como muchas otras personas). Navegando navegó, como dicen en los cuentos, y llegó a un oscuro rincón donde una pequeña página se estaba formando... y decidió poseerla, habitarla hasta el fin de los tiempos. Esa página... era este espacio. Por eso este lugar es un santuario del aburrimiento. Aquí vive y muere el aburrimiento, aquí espera su momento... Y eso es todo. ¿Dije que iba a ser una historia aterradora? Mentí, es tan aburrida como el resto, pero al menos se me acaba de borrar la 'L' del teclado, así que para algo ha servido... ¿o no? Os lo dejo como ejercicio para el próximo día. November 12 Entrada cortaHoy toca una entrada corta. ... He leído En costas extrañas de Tim Powers. Libro que inspiró la saga Monkey Island (la mejor saga de aventuras gráficas de todos los tiempos, como ya debéis saber). ... ¿Por qué seguís leyendo esto? ¡Os acabo de recomendar un buen libro! ¡A leer! Good Intentions Jack se apeó del coche patrulla y se acercó al niño. Éste al verlo dejó de dibujar en su pequeña libretilla, levantó la cabeza y le miró con desconfianza. Jack no le dio importancia. En su lógica personal, los niños pequeños que estaban solos es que estaban perdidos, y si estaban perdidos estaban asustados. -Hola chico, ¿cómo te llamas? -le preguntó en un tono que él suponía inspiraba la confianza y la seguridad. El chico no respondió inmediatamente. Jack insistió y sólo entonces el niño dijo una sola palabra: -Déjame. Jack se quedó perplejo. Desde su visión protectora del mundo, aquel niño necesitaba ayuda, corría un tremendo peligro solo en la calle. -Vamos, muchacho, te llevaré a tu casa. Creo que en el coche tengo caramelos. Oh, vamos, ¿por qué no dices nada? -Mi mamá me dijo que no hablara con extraños. -Pero yo no soy un extraño -dijo Jack, convencido de lo que decía-, me llamo Jack, y soy policía. El niño se encogió de hombros y sin dejar de dibujar expresó con sencillez infantil algo que Jack nunca comprendería en su totalidad: -Aún así sigues siendo un extraño. Jack creía en su trabajo. Creía que era necesario, y también creía que llegaría el día en que dejaría de serlo, el día de la sociedad perfecta, segura y cumplidora de las leyes. La sociedad moral. Otros la habrían llamado la sociedad rebaño. Jack opinaba que todo lo que hacía, lo hacía al amparo de la ley y, por tanto, era bueno. Y tenía tanto el derecho como el deber de hacerlo. Jack sabía que había muchas formas de mentir. Pero era incapaz de comprender que existían asimismo múltiples verdades. Por eso, consideraba que la única verdad era la que él era capaz de ver. Y por eso siempre se equivocaba. Y por eso siempre hacía el mal persiguiendo el bien, porque ya lo dijo alguien: no hay malvado más terrible que aquél que hace el mal con la conciencia tranquila del que cree que lo está haciendo bien. El chico corría peligro. Sin duda su origen era humilde, marginal. Ningún otro niño criado decentemente desconfiaría de la autoridad, de él. Probablemente sus padres serían drogadictos o delincuentes. Tal vez ambas cosas. Tenía el deber de salvar a aquel pobre niño inocente antes de que se corrompiera. Estaba obligado a ello. Jack avanzó. Había tomado una decisión. -Los jóvenes sois el futuro -le había dicho su madre en cierta ocasión-: es vuestra responsabilidad crear un mundo justo. Si no, cuando los que ahora somos mayores nos hayamos ido y sólo quedéis vosotros... estaréis perdidos. Jack siempre se estremecía al oír la expresión "estar perdido". Esta vez su madre, la persona que más amaba, le decía que estaría perdido si no hacía algo. La idea le provocó náuseas. Decidió que dedicaría su vida a ayudar a los demás y a enseñar a los demás a ayudarse entre ellos. Entonces el mundo sería justo y todos los seres humanos vivirían en paz armonía. -¡Suéltame! -chilló el niño tratando de zafarse de Jack, que lo tenía agarrado del brazo con firmeza pero sin rudeza (o al menos eso era lo que él pensaba)- ¡Socorro! ¡Socorro, que alguien me ayude! Algunas personas lanzaron miradas curiosas al policía y al niño que se retorcía gritando sin cesar. Jack se ruborizó ante lo que percibió como una mirada desaprobadora de uno de los transeúntes. Pero miró a otro lado, miró dentro de su corazón y allí vio que lo que hacía era bueno, y siguió adelante. Durante el forcejeo la libreta del chico y el rotulador salieron volando. La libreta cayó junto al bordillo y el rotulador rodó hasta la carretera. El niño trató de ir tras sus cosas. -¡Calma, calma! -pidió Jack arrastrando al niño hacia el coche patrulla- En cuanto estés sentado tranquilo en el coche recogeré tu libreta, y te compraré un montón de rotuladores nuevos. -¡No! -gritó el chico, y consiguió soltarse. Corrió y recogió la libreta mientras un atónito Jack se giraba como a cámara lenta para seguirlo. Una vez tuvo la libreta en su poder, fue a por el rotulador. Los frenos chirriaron estruendosamente. Sonaron cristales rotos y el sonido como de un saco de cemento al caer desde un primer piso. Jack se acercó al cementerio. Tenía tiempo libre, le habían suspendido y abierto un expediente disciplinario. Pero no iba para pasar el tiempo, iba porque su moralidad se lo exigía. -No se preocupe, la intención es lo que cuenta -le dijo la madre del chico con los ojos enrojecidos y apoyada en un amigo. Jack iba a contestar algo pensando que ella era sincera, pero no le dio tiempo. La mujer se puso a gritar. -¡Pero a veces los gilipollas como usted deberían tener en cuenta los resultados! Le dio una bofetada y se fue con su acompañante, temblando y llorando de pena y rabia. Jack conservaba su pistola. Pensó que el niño necesitaba su ayuda, y tratando de hacer el bien, precipitó su muerte. Cuando apretó el gatillo, pensaba que hacía lo correcto. En su cabeza, estaba librando al mundo de un ser como él. Y no se dio cuenta de que también esa última decisión cobarde estaba equivocada, porque no pensó que al marcharse dejaría a su mujer y a sus hijos destrozados. Una vez más, con sus mejores intenciones, volvió a equivocarse. |
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