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November 14 El placer de sobrevivir El móvil/despertador suena. Es una musiquilla de batalla más bien brusca, así que te despiertas súbitamente y creyendo que tienes una espada en la mano. Pero no, son las 7:30 y te tienes que levantar, como todos los días. Te levantas, y son las 7:50, así que bajas a desayunar rápidamente. Terminas, meas, te lavas los dientes y si te acuerdas te echas colonia. Si tus padres no acapararan los cuartos de baño por las mañanas y no te costara tanto levantarte a lo mejor hasta te duchabas y todo. Como va a ser que no, sales de casa. Son las 8:10. Puede que cojas el coche, o puede que camines hasta la parada y cojas el autobús, sea como sea, te aseguro que llegas a la facultad a las 8:35. Te diriges a clase con paso de peregrino y te das un par de paseos esperando la hora fatídica. Mientras tanto, puede que cruces algunos comentarios con los compañeros que vayan llegando criticando al profesor que le toca dar clase ahora. También sueñas con que hay kilómetros de retenciones y el profesor no llegará a tiempo. O quizá se quede dormido. Tal vez esté deprimido y decida no venir. A lo mejor era un espía y el gobierno lo ha descubierto y ya no volverá a dar clase. Son las 8:45 y ya llega por ahí. Ni siquiera se ha dignado a llegar tarde para que puedas disfrutar de unos minutos más. Agachas la cabeza y entras. Ahora ya son las 8:46. Mantienes tu atención durante un rato. Ahora ya son las 8:57. Copias lo que hay en la pizarra, miras a tus compañeros, te planteas si hacerle una foto al que está durmiendo sobre la mesa, pero decides que da igual, que te la hagan a ti durmiendo mejor. Atiendes un poco más. El reloj marca las 9:13. Recuerdas vagamente qué hiciste el día anterior. De pronto tu interés se centra en averiguar qué fue lo que comiste, o, ya puestos, dónde lo hiciste. Como no es lunes, la respuesta no es inmediata. Miras el reloj. Son las 9:15. Los párpados te pesan, las explicaciones del profesor son (cada vez más) surrealistas. Intentas copiar algo de la pizarra, pero tienes los dedos entumecidos y no te responden bien. Logras garabatear algo que cuando estés despierto te preguntarás qué demonios es, pero que por el momento te parece completamente lógico. En tu cabeza aparece una palabra: hipotermia. Te pones la chaqueta por si acaso, pero tu temperatura corporal sigue disminuyendo. Tu desesperación aumenta al comprobar que aún son las 9:15. Casi tienes ganas de llorar. O gritar. O salir corriendo. ¿Por qué te sentaste tan lejos de la puerta? Deseas con todas tus fuerzas aburrirte: aburrido al menos no sufres tanto. Si pudieras dormirte sin que se den cuenta... Fuera cada vez hay más luz, el sol sale y seguro que fuera se está mejor. Narices, seguro que fuera se está mejor, incluso aunque no saliera el sol. Son las 9:15. Te desesperas. ¿Son las 9:15? Observas con atención y compruebas que se te ha parado el reloj. La primera baja de la mañana. Por lo menos el móvil sigue vivo, y aunque no sirve para hablar por teléfono, al menos da la hora. Dice que las 9:53. Quieres llorar, pero esta vez de alegría. De pronto falta menos de una hora. De la emoción te vuelve a correr la sangre por las venas, y puedes atender un rato más. El sopor se ha ido por el momento, y es una bendición, pero esto no ha terminado todavía. Son las 10:09. A las 10:16 el profesor se cansa de explicar y propone ejercicios (de fondo casi escuchas un canto angelical): por fin tienes algo con lo que entretenerte. Es como hacer los pasatiempos del periódico, pero ejercicios de clase. El ritmo ha aumentado lo suficiente como para ser soportable, y en un momento te plantas en las 10:37. Llegado a este punto, por mucho que se quiera enrollar podrías dedicar el tiempo a mirar cómo pasan los minutos, que son pocos. A las 10:44 el profesor finaliza la clase. Te precipitas hacia el exterior, abres la puerta y eres libre, un cálido rayo de sol te recibe, la brisa es fresca sin ser fría. Son las 10:45 y sientes un inmenso placer. El placer de sobrevivir. November 11 Creatividad Existen momentos en los que una persona no puede más. Todos conocemos esa sensación: nuestra resistencia tiende a cero, nuestra voluntad se doblega y nos rendimos incondicional e irremediablemente. A veces hasta pensar se convierte en toda una hazaña, un esfuerzo sobrehumano casi doloroso. Por eso se inventaron los cuartos de baño. Y en esos casos, lo mejor es usarlos.
Los cuartos de baño son lugares fascinantes, una habitación obligada en toda vivienda, un remanso de paz en el que, a menos que uno vaya a lavarse los dientes a las ocho y diez de la mañana y tenía que haber salido hacía diez minutos, es imperativo relajarse; esto es fácilmente demostrable por una propiedad de los cuartos de baño que dice que es imposible ducharse o evacuar de bulla (o al menos en un mundo feliz debería serlo), y si alguien puede, peor para él. En primer lugar, cuando uno se ducha, por muy rápido que lo haga, se relaja con el contacto del agua que, según la presión del grifo, puede ejercer un efecto de masaje. En segundo lugar, aplicando Quevedo ("No hay placer más descansado que después de haber cagado"), deducimos que tras el noble acto uno se siente descansado, y es un hecho claro y trivial que no se puede descansar corriendo. Pasemos ahora a asuntos más importantes. Supongamos que estamos en la situación hipotética inicial: estamos a punto de rendirnos y se nos aparece la Naturaleza en forma de cuarto de baño, entramos y rápidamente nos encontramos en un mundo aparte y superior. Como no vamos tarde, inmediatamente nos relajamos, y es en este punto cuando se nota el verdadero poder de un cuarto de baño. Actúa como un potenciador de pensamientos. El tiempo se deforma (no en el sentido en que se deforma cuando uno está dando clase, sino en otro sentido, un sentido mucho más impreciso y productivo) y las ideas, al menos, fluyen fácilmente. Pero hay que tener mucho cuidado, porque la mayor parte de lo que se produce en esos momentos no es más que mierda, y no suele ser una buena idea publicarla en un lugar como éste. ¿Cuál es, pues, el sentido de todo esto? Es una llamada de atención a toda aquella gente que no aprovecha su cuarto de baño para lo que es realmente útil: cultivar el intelecto y aumentar los límites de la imaginación, haciéndonos personas más listas, más racionales. Mejores personas al fin y al cabo. ¡Por la humanidad! ¡Por el progreso! ¡Por el futuro! Os insto a que de ahora en adelante cada vez que vayáis al cuarto de baño no lo consideréis como un trámite pasajero y necesario, sino como un medio de enriqueceros como personas, un camino para modelar vuestra personalidad hacia una forma superior de vida. Y, por supuesto, nunca olvidéis la segunda norma de este espacio: No debéis pensar “Me aburro” mientras estáis en el baño (y ahora que me fijo todas las listas aparecen en orden inverso... vaya mierda, y en qué momento más apropiado). Como apunte final, y al hilo de todo lo que he dicho, relacionado más bien con la introducción, os dejo que reflexionéis, en vista de la demostración dada al principio, por qué es mejor dormir en una cama que en una bañera llena de agua, y por qué si en las camas uno descansa y se relaja, no es un lugar de potenciación del intelecto y crecimiento personal. |
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