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February 26 La Sombra de la Torre En mi imaginación el lugar se había parecido a una gigantesca olla negra en la que montones de personas se arremolinaban dándose codazos y llamándose a gritos unas a otras, como un día de mercado en la plaza de un pueblo medieval. Por suerte para mí, cuando llegué no se parecía en nada a eso; es más: el lugar estaba más bien desierto. Aquello no me tranquilizó. En mi mente seguía viendo el enorme caldero y la gente revolviéndose en remolinos en su interior. Poco a poco fue apareciendo más gente y fue un alivio comprobar que el suelo no se volvía negro y las paredes se cerraban hacia el cielo... como en una olla. Pero no, todo seguía igual: tres torres menudas y regordetas en fila unidas por puentes de piedra roja como el ocaso, una cuarta torre más alta que las demás, que se alzaba sobre robustos pilares más altos que los árboles más altos, y una última torre solitaria que las dominaba a las demás: la Torre del Hechicero. Su visión me hizo estremecer al tiempo que me reconfortaba extrañamente. Sacudí la cabeza y entré en la tercera torre, la Torre de la Noche, que era la última en recibir los rayos del Sol al atardecer. Las otras eran la Torre del Sol, la que estaba en el centro y que muchos llamarían más tarde la Torre de las Sombras, pues estaba oculta de la luz por sus dos hermanas, y la Torre del Alba, al otro lado de la Torre del Sol, que recibía las primeras luces del día. Las horas pasaron lentas muy a nuestro pesar. Años más tarde descubriríamos que los brujos hacían correr el tiempo más despacio para torturarnos más y mejor. Y durante años creí que la tortura que sufrimos al acabar el día fue la peor de todas. Qué joven e iluso era entonces. Los aprendices de las otras Torres escapaban apresuradamente, el Sol se había ocultado hacía rato y a nosotros nos habían torturado durante la eternidad de cuatro horas. Pero quedaba lo peor del día, y nadie podía imaginarlo. Nadie excepto un aprendiz que escapó de pronto y sin decir palabra. Los demás, ignorantes, nos enfrentamos al dolor. Aquel día conocimos a uno de nuestros mejores amigos y a la vez nuestro enemigo más traicionero: el Algoritmo. Alguien nos prometería después que seguiríamos oyendo hablar de él hasta el último día que permaneciéramos entre aquellos muros. Y llevaba razón. Pero no adelantemos acontecimientos. Estábamos sufriendo los más terribles padecimientos, viviendo durante horas lo que eran apenas dos horas escasas, anhelando un hogar y la tranquilidad del reposo. Y yo, encima, me había puesto enfermo. Quizá fue casualidad, quizá no, pero yo siempre estaré convencido de que el taimado Lord Kega disfrutó ralentizando el tiempo y haciéndonos enfermar a todos. Lo creo a pies juntillas y siempre así será. Cuando se cansó el tiempo recuperó su velocidad habitual y fuimos libres de nuevo. Fuera, la Torre del Hechicero se recortaba sobre el manto estrellado del cielo y juré que algún día sería mía. Mientras yo hacía mi muda promesa con la frente ardiendo de fiebre, junto a mí otros hacían promesas ligeramente diferentes. No volví a ver a muchos de ellos. Así acabó mi primer día en Informática. |
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