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April 22 Patriotic to the promised land of Neverwaking Dream Resuena el eco de mis pasos en las solitarias aceras de mi vida. Hora tras hora, pasan los días. Día tras día, pasan las horas.
¿Qué he conseguido? Viajé más allá de las más altas montañas, bajé a las simas más oscuras y alcancé al sol poniente. Rescaté a las más bellas princesas, las tres hijas de Gatuma y la hermana de Fiona. Atravesé ciénagas emponzoñadas, cabalgué a lomos del viento, me embarqué en los más alocados sueños y corrí a encontrarme con los dioses. Tomé el té con las brujas del Bosque Helado, robé los tesoros de Daurmung, el dragón gigante, y perdí mi capa de viaje en la cueva de un demonio. Pisoteé el orgullo del más poderoso rey y me arrodillé ante la más humilde de las sirvientas. ¿Qué he conseguido? Resuena el eco de mis pasos, pero ya no son mis pasos. Hace años emprendí un viaje del que jamás regresaría, pues allí, más allá de los hostiles páramos, al otro lado de los confines del mundo, donde la noche sólo existe si la llevas en tu corazón, encontré mi hogar, mi refugio. El lugar al que puedo volver cuando todos los demás son sólo altos en el camino, el lugar en que mi corazón reposa donde quiera que yo me encuentre. Son los efectos de su hechizo, un hechizo del que no podré librarme... y del que no quiero librarme. ¿Qué he conseguido? Conocí la amistad y la traición, el amor y el odio. Vencí a la vida y a la muerte y llegué a estar por encima del tiempo. Sufrí las injusticas que cometieron contra mí y sufrí las que cometieron contra mis amigos. Amé y perdí, fui querido y fui odiado, reí a carcajada limpia y lloré amargas lágrimas. Luché contra el mal, me uní a él; destruí a mis enemigos, les di una segunda oportunidad. Traicioné a mis seres queridos, los protegí con mi vida. ¿Qué he conseguido? Aún me lo pregunto. Mirad alrededor, como hago yo. ¿Qué veis? ¿Qué tiene este lugar? Aquí sólo estoy de paso, pues siempre, al final de la jornada, regreso a mi hogar, mi refugio. ¿Qué hay aquí? Para mí no hay nada, no ganaré nada de este lugar. Por eso adoro mi tierra. Por eso siempre anhelaré regresar a ella cada día. Por eso mi vida estará siempre allí donde está mi corazón: en la tierra de los sueños eternos. Soñando. Es también por eso que cuando miro atrás, a mis largos viajes, mis fabulosas hazañas, mi experiencia, tanto aquí como allí, me pregunto: ¿Qué he conseguido? Nada. -Larley Goodwind
¿Sorprendidos? ¿Extrañados? ¿Enfadados? ¿Decepcionados? Quiero impresiones acerca de este pequeño escrito, extracto del diario de Larley Goodwind. Muchas gracias por vuestra colaboración. April 15 Vicky & Victoria Vicky giró en una esquina y entró en un callejón. Corrió un rato hasta darse de bruces con un muro al final. El pálido brillo de la luna no había bastado para ver el obstáculo que le privaba de toda esperanza. Se dio la vuelta y se encontró a Victoria cerca de la entrada al callejón, caminando lentamente hacia ella. Durante varios meses, Victoria había perseguido a Vicky con implacable denuedo y por fin esa noche le había dado caza. De una vez por todas acabaría con aquella insolente mocosa cargada de ideas estúpidas y sentimentales. Consciente de su ventaja, Victoria se detuvo a unos metros de Vicky y ambas se observaron. Eran gemelas, y sin embargo había enormes diferencias entre ellas. Victoria exhibía un semblante sereno y todo en ella, desde su cuidado al caminar hasta el frío gris de sus ojos daba sensación de firmeza y severidad. Victoria nunca sonreía. Analizaba exhaustivamente cada paso que daba y jamás daba importancia a las emociones. Si es que éstas tenían lugar en su frío corazón. Vicky, por el contrario, temblaba levemente y lanzaba miradas de soslayo a los rincones, buscando desesperadamente una salida, aunque sin demasiado esfuerzo: Victoria ya las habría descubierto y estaría preparada. Las ojeras que remarcaban los ojos esmeralda de Vicky contribuían en otro detalle a diferenciar a ambas hermanas. Vicky entendía mejor a las personas que la rodeaban, aunque a menudo la decepcionaban, y se sentía cómoda entre otras personas. Victoria... no daba muestras de comodidad ni de incomodidad. Muchos habrían sentido escalofríos al comprender que ella los veía como «necesarios», una especie de «molestia inevitable». A la luz de la luna, ambas hermanas, radicalmente distintas, no veían nada la una en la otra. Victoria veía a una muchacha inútil y engorrosa. Vicky veía un monstruo incomprensible, que se guiaba por unas reglas absurdas e inhumanas. Al parecer, Victoria había llegado a la conclusión de que su hermanita no debía existir. No era nada personal: simplemente era lo más lógico y lo mejor visto desde muchos puntos de vista. Excepto quizá desde el de la compasión y desde la propia Vicky, puntos ambos que Victoria no había tenido en cuenta ni tendría jamás. Se miraron largamente antes de que Victoria hablara. Su tono era frío como el hielo y parecía cortar en dos el aire a medida que sus palabras cruzaban el espacio que la separaba de su hermana. Vicky siempre sentía escalofríos cuando la escuchaba hablar. De nuevo le sucedió. -Parece que te he atrapado -nada en su tono permitía saber si eso la alegraba o la apenaba. Sólo era un dato. -¡Te odio! -chilló Vicky-. ¡Eres horrible, siempre lo has sido! ¿Qué te he hecho yo, por qué me persigues? Los ojos de Victoria parecieron estrecharse un poco. Aunque quizá sólo fue un efecto. -Otra vez lo preguntas... dime, ¿por qué te resulta tan complicado de entender? Podrías, para variar, utilizar un poco la cabeza. -¡Eres tú la que no lo entiende! -gruesas lágrimas se derramaron por su rostro, remarcando el enorme vacío y pesar que la poseía, en contraste con la serenidad de su hermana-. ¡Eres una desagradecida! Todos los que te rodean... cuidan de ti, te proporcionan lo que necesitas... y tú sólo los utilizas, los aprovechas mientras todavía tienen algo que necesitas. ¿Ya no me necesitas, hermana? Victoria lo consideró unos instantes. En realidad tampoco se había planteado la eliminación de su hermana en términos de necesidad. Al final denegó con la cabeza. -No, supongo que no te necesito -declaró-. Pero eso sólo añade otra razón a la lista. Nada que deba preocuparte. Vicky bufó y se restregó las lágrimas con el dorso de la mano. En un alarde de valentía le dijo a Victoria: -Pues no te daré el placer de acabar conmigo. -Por supuesto que no -Victoria se encogió de hombros. Vicky sintió un nudo en el estómago. Empezó la lucha. Una luchaba por sobrevivir. La otra porque pensaba que hacía lo correcto. Victoria utilizaba su bastón-lanza con una precisión terrorífica, mientras que Vicky, cegada por las lágirmas, se defendía como podía con su simple cayado. Desesperada ante la lluvia de golpes Vicky sintió que la amargura se apoderaba de ella. «Después de todo quizá sea mejor que me mate. Aquí sólo encuentro sufrimiento...» El bastón lanza giró con habilidad en la mano experta de Victoria. Apartó el cayado de Vicky, siguió moviéndose y la parte afilada chocó con el pecho de la chica. Vicky todavía lloraba. Victoria no había mudado su expresión de impasibilidad. -No puedes acabar conmigo del todo -susurró Vicky a su hermana-. Siempre habrá otras. -¿Otras? Vicky intentó una sonrisa. Asintió lentamente, y le pareció que se le caía la cabeza al hacerlo. -Otras -repitió-. Podrás vencer a muchas... -tosió, y al hacerlo sintió que algo se desgarraba en su interior- ...pero no a todas. -¿Ves? Ése fue siempre tu problema... Victoria movió el arma para obligar a su hermana a tumbarse de espaldas en el suelo y al hacerlo se inclinó sobre ella. Acercó su rostro duro y le dijo al oído el fin de la frase. -...nunca supiste vivir la realidad. Pero la realidad era una daga desesperada. Vicky sonrió de nuevo y a duras penas volvió a hablar. -Esa herida te servirá de recordatorio -echó la cabeza hacia atrás y observó el cielo, donde una luna borrosa presenciaba en silencio la escena-. Ahora eres tan vulnerable como yo. Victoria se levantó apoyándose en la lanza, que se clavó unos centímetros más en Vicky. «Más dolor en mi pecho» Con la daga aún clavada, Victoria extrajo el arma y se marchó del lugar. Sus dedos se cerraban con fuerza en torno al bastón. Intentaba rechazar lo que había en su interior, pero era demasiado fuerte para ella. El primer sentimiento apareció y tomó fuerza con rapidez: odio intenso. Rabia. Impotencia. En el callejón Vicky observaba la luna, pues su vista estaba demasiado nublada como para ver los miles de puntitos luminosos que brillaban muy por encima de ella. La invadió una tremenda tristeza, pues habría querido morir viendo algo tan bonito. Equipada con aquellos sentimientos que la habían perseguido toda su vida, miedo, tristeza, dolor, amor, algo de odio, compasión, felicidad y rabia, Vicky se precipitó en la oscuridad. April 12 Encuentros en la ilógica Tiene miedo. Es como si se hubiese encontrado con el fantasma de su propia muerte persiguiéndole por largos corredores manchados de sangre. Y en el fondo, un punto de temblorosa luz brillante del que surge una voz que grita «¡Madre!». ¿Qué tiene eso que ver? Huye a través de los vacíos corredores de su mente, donde habitan los fantasmas de su soledad, vagando incesantemente por el frío de su existencia, pero, ¿hacia dónde se dirige? ¿Cuál es su meta final? Está perdido y lo odia todo, se odia a sí mismo y odia su existencia, odia su indecisión y llora tibias lágrimas carmesí. Del otro lado de la luz vacilante le llega un grito agudo. Es un chillido espectral; el sonido de una virgen manchando con gotas de su inocencia el frío suelo por el que camina descalza. Pero no camina. Grita. Grita y sufre. Es un terrible lamento agónico que perfora los oídos y hace desear la más terrible de las torturas. En el pasillo, el joven no ha dejado de llorar sus lágrimas oscuras.
Sueña con un parque. Los finos rayos de sol hacen brillar la hierba, húmeda por el rocío de la mañana, sobre la que los niños juegan y se divierten. Van del columpio al tobogán y del tobogán al columpio bajo la atenta mirada de sus madres, que charlan entre ellas alegremente.
Y eso es todo.
El bien es aburrido. Los niños ríen. No hay cambio. No hay emoción. Ríen con estúpida felicidad y de felicidad colman el ambiente. Y no pasa nada. Todo sigue igual. Rebosante de felicidad. Pero estático, no hay sangre, no hay muerte, no hay movimiento, sólo felicidad aburrida e inútil.
Y, sin embargo, anhelada.
Miró a su alrededor. Ya no estaba en un pasillo manchado de sangre. No había vírgenes gritando. No había niños felices jugando. Sólo estaba él.
Al cabo de un rato, sólo seguía estando él. Y el silencio reinaba alrededor. Y en el más absoluto silencio descubrió, no sin pesar, que la llamada "paz interior" no era tal, sino un hormigueo constante de sensaciones y emociones encontradas. Un constante murmullo de insatisfacción, una míriada de vocecillas incansables que proclamaban día y noche sus deseos y sus temores. En el silencio más absoluto, sus pensamientos resonaban como truenos.
En la oscuridad de su habitación, en el silencio que le rodeaba, oyó de nuevo estas voces.
Se estremeció. April 08 Crónicas del Aburrimiento (Parte XIII y Epílogo) Caía la tarde cuando salió de casa. El panorama era deprimente. Aquí y allá ardían edificios, asaltados por oportunistas que se aprovechaban de la confusión. Elena avanzó decidida, con un objetivo claro. Había terminado de leer la historia de su marido y sabía perfectamente cómo acabaría todo si no actuaba. Iba tan concentrada en lo que quería que ni se dio cuenta cuando un coche paró bruscamente junto a ella y dos hombres de traje negro bajaron de él. Antes de que pudiera reaccionar la habían arrastrado al interior del vehículo y avanzaba a toda velocidad por una carretera secundaria.
Nagataka Corp. Una empresa altamente extranjera. Y una tapadera excelente para el pequeñajo que tenía el mundo en sus manos. El enorme rascacielos servía de sede central a los planes malvados del niño. En el aparcamiento subterráneo privado entró el coche en el que transportaban a Elena. El cebo había sido colocado.
Ramiro llegó poco después, avisado por paloma mensajera. Sara le acompañaba, en parte porque le parecía lo mejor que hacer mientras se acababa el mundo y en parte porque sabía que nadie podría igualarla en la batalla. O eso pensaba.
-El jefe les espera en el último piso -les anunció un empleado desganado-. El ascensor está roto, así que tendrán que subir por las escaleras. Ramiro y Sara corrieron hacia las escaleras mientras el recepcionista bostezaba y se dejaba caer sobre la mesa. No pasaría mucho tiempo antes de que su corazón se detuviese y acabara con su vida. Mientras tanto, los improvisados héroes corrían escaleras arriba entre jadeos, Sara delante, Ramiro detrás. Al llegar al último piso -no podía ser de otro modo- una puerta se abrió ante ellos. Al otro lado el niño malo de esta historia les aguardaba. -Pasad, pasad, os esperaba -anunció con una sonrisa de suficiencia. La puerta se cerró a sus espaldas y los dos compañeros contemplaron con horror la estancia. Estaban en una especie de cámara de tortura medieval, con mesas llenas de restos y todo tipo de instrumentación colgando por las paredes. Al fondo, a unos doce metros, una serie de jaulas se apilaban contra la pared. Ramiro comprobó con creicente angustia que había gente en ellas, y se puso pálido al reconocer a una de las personas enjauladas. Elena. Antes de que ninguno tuviese tiempo de reaccionar, Abur se plantó ante ellos, ojeroso, y los miró sin interés. Al instante, Sara y Ramiro se sintieron cansados. De pronto ninguno tenía ganas de hacer nada, todo movimiento les parecía carente de sentido. «Me aburro» pensó Sara, y una alarma se activó en su mente. Sabía que no debía pensar algo así en un momento como aquél, pero lo estaba pensando. Sacudió la cabeza, pero la sensación era demasiado fuerte, el cansancio demasiado profundo, el desánimo tan atractivo... Ramiro estaba sentado en el suelo con la mirada perdida más allá de Abur, concentrado en algún punto interesante cercano al techo. Sara se sentó junto a él y metió las manos en los bolsillos. Contra toda lógica encontró un papel arrugado y un lápiz. Extrajo ambos objetos en un gesto involuntario, aunque casi se arrepintió al pensar en la energía que acababa de derrochar. Un poco más allá, el malvado niño observaba con curiosidad cada uno de sus movimientos. La sonrisa de su cara comenzó a borrarse. Sara extendió el papel y observó una cuadrícula en la que aparecían algunos números. Un sudoku. Se puso a resolverlo, y de pronto Ramiro se unió a ella. -¡No! -gritó el niño al darse cuenta de lo que sucedía-. ¡No podéis entreteneros! ¡Abur os está haciendo morir de aburrimiento, sucumbid! Se abalanzó sobre ellos y les arrebató el papel, pero ya era demasiado tarde. Abur había sido vencido. El niño dirigió alternativamente una mirada de desprecio al derrotado Abur y otra de ira a los osados compañeros. Destrozó el sudoku arrugado y se subió a una de las mesas más limpias para estar a la altura de sus oponentes. -¡Aún me queda una baza! -exclamó histérico al tiempo que chasqueaba los dedos con nerviosismo. De una papelera que se encontraba en el centro de la sala y había permanecido oculta hasta entonces empezó a emerger lentamente la imponente figura de una joven. Vestía de negro completamente y su largo cabello, del mismo color, le caía sobre los hombros y la cara, tapando la expresión fiera que lucía. -¡Acaba con ellos, Wendy! -el pequeño animaba a la recién llegada a atacar. Sin embargo, la oscura muchacha permanecía inmóvil, con la vista clavada en Ramiro. -¿Ramiro? -preguntó con una voz profunda y sobrenatural que estremeció a todos los presentes. Ramiro movió la cabeza afirmativamente y sintió un nudo en la garganta. Fue incapaz de articular palabra mientras Wendy se acercaba a él lentamente. No hacía ruido, no se movía apenas. Parecía flotar sobre el suelo y deslizarse sobre el aire. Cuando estuvo a un paso de él se detuvo y se apartó el pelo de la cara para que él pudiera verla bien. No había nada terrible en aquel rostro, y Ramiro casi dejó escapar un suspiro de alivio, pero Wendy volvió a hablar. Esta vez, su voz sonaba normal. -Mi reina te da las gracias por todo lo que hiciste por nuestro pueblo -declaró ante la mirada atónita de todos-. También te invita a regresar cuando desees. Wendy se permitió incluso una débil sonrisa antes de regresar a la papelera y desaparecer de nuevo. Ramiro se agitó incómodo y nada dijo que aquel encuentro. Caminó hacia el otro extremo de la habitación, pasando de largo del niño diabólico y del cuerpo caído de Abur y se acercó a las jaulas del fondo. Elena estaba echada sobre los barrotes de la jaula, con una expresión de infinito hastío y los ojos perdidos en un punto más allá de la realidad. Había sido la última víctima de Aburrimiento. Los ojos de Ramiro relampaguearon. Antes de que el dolor por la pérdida atravesara su corazón, la ira dominó sus acciones y, sin pensar lo que hacía, se abalanzó sobre el niño que tanto mal había hecho. El niño lo vio venir y se apartó, con lo que Ramiro se dio de bruces contra una de las mesas. Cogió un extraño cuchillo dentado y volvió a la carga. Sara intervino y trató de impedir que hiciese algo de lo que después se arrepentiría. Agarró a Ramiro mientras el niño se ponía fuera de su alcance. Corrió hacia la ventana y saltó al vacío. Epílogo
El cuchillo cae al suelo y el ruido metálico es como una campana que anuncia el final de todo. Por fin la ira deja paso a la tristeza y Ramiro se deja caer al suelo de rodillas con la cabeza gacha. Sara lo observa sin saber qué decir y, tras unos momentos de indecisión, se dirige con paso vacilante hacia la ventana. Abajo en la calle yace el niño, marcando el final de una época. Sara se pregunta el por qué de ese salto final y, sacudiendo la cabeza, piensa con amargura que, aunque el niño ya no volverá a hacer daño, la situación no va a cambiar gran cosa. El verdadero amo del mundo es el dolor, y nadie podrá cambiarlo, mucho menos ella y ese escritorzuelo tan misterioso... Ramiro ha regresado hasta la jaula, con un esfuerzo terrible. Tiene a Elena entre sus brazos y lágrimas amargas, terriblemente saladas, corren por sus mejillas. La expresión de ella no cambia un ápice. -Son los inocentes los que más sufren -dice Sara junto a la ventana. El viento hace ondear su cabello rojizo, dotándola de una belleza exótica desconocida en la tierra. Después guarda silencio. Ramiro lo acepta. El silencio transmite ahora mucho más de lo que puedan transmitir las palabras. La comprensión es muda, el dolor, insoportable. Alza en brazos a Elena y abandona la habitación del mismo modo que entran los recién casados al dormitorio. Sara tiembla al pensar semejante comparación y echa a andar tras él. En su mente, un nuevo pensamiento más allá de la trascendencia de la vida y la muerte la sorprende: «¿Al final será mañana el examen?» |
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