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August 28 Sherry Sherry caminaba por una calle desierta bajo el sol del mediodía. Parecía una barriada apacible y de las blancas casitas apiñadas una junto a otra emanaban diversos olores procedentes de las respectivas cocinas. Era la hora de comer, pero a Sherry no le importaba, porque no tenía hambre. Iba vestida con un uniforme de colegiala (de ningún colegio de la zona, como tal vez podrían asegurar algunos de los vecinos, si se hubieran asomado. Llevaba el pelo recogido en dos coletas rubias, con un lazo azul en cada punta, que hacía juego con el azul marino del uniforme y la falda, azul con finas rayas rojas. No tendría más de ocho años, y parecía una niña normal. Pero no era normal en absoluto.
Sherry estaba muerta. Un coche solitario apareció por la carretera. El conductor debió de ver a la niña, pues el coche se detuvo a varios metros por delante de ella y de él se apeó un hombre adulto, de unos treinta o cuarenta años, bastante desmejorado por su gruesa complexión, con los labios muy rojos y los ojos hundidos. Se acercó a la pequeña y la saludó con una sonrisa repugnante. -Hola pequeña, ¿estás sola? Sherry miró alrededor y se encogió de hombros. -Sí -dijo simplemente. -Vaya, yo me llamo Brandon Waterfall -el nombre le venía que ni pintado, considerando la baba que asomaba por las comisuras de su boca- ¿y tú? -Sherry Meyer. -Eres poco habladora, ¿verdad Sherry? -la niña no contestó-. Bien, bien. ¿Qué haces por aquí? ¿Has terminado ya en el colegio? -Hace mucho -respondió ella, con la mirada ausente en algún punto lejano de la carretera. Waterfall echó una mirada nerviosa a las casas que tenía a su espalda y preguntó: -¿Vives aquí? -la niña negó con la cabeza- ¿Vives por aquí cerca? -volvió a negar con la cabeza-. Vaya, vaya, ¿quieres que te lleve a tu casa? -No soy de aquí. -En tal caso, ¿quieres que te lleve a mi casa? La calle no es un buen lugar para una niña como tú. Sherry se encogió de hombros. No le importaba lo más mínimo. Waterfall, por su parte, sintió un leve mareo a causa de la emoción e invitó a la niña a subir al coche. Se montó despacio y se acomodó en el asiento del acompañante. Waterfall ocupó el asiento del conductor y observó a la niña ponerse el cinturón de seguridad con cuidado. -Deberías ponértelo -dijo ella con tono sombrío-. Es peligroso no hacerlo. -Tranquila muchacha, soy un buen conductor, no lo necesito. Además, llegaremos pronto -dijo guiñándole un ojo y babeando un poco al tiempo que le ponía una mano sobre la rodilla desnuda que asomaba bajo la falda. "Está helada, pero yo puedo arreglar eso", pensó mientras conducía a toda velocidad. Tomó una curva sin visibilidad y se salió de la carretera. Condujo por un camino de tierra hasta una casa lejos en mitad del bosque. Allí estarían tranquilos, sin interrupciones. Waterfall llevó a Sherry arriba, a un dormitorio frío e impersonal, y la hizo sentarse en la cama. Se le veía nervioso y sudaba copiosamente. -Siéntate, ponte cómoda. Sherry permaneció de pie, impasible. -¿Es usted un violador? -preguntó con inocencia. -¡Cómo! Qué cosas dices muchacha, ¿dónde has oído una palabra así? La niña se encogió de hombros y no respondió. El tipo se acercó lentamente a ella y comenzó a acariciarle el pelo. -No me toques -susurró con una voz tan helada que Waterfall retiró la mano sorprendido. Luego volvió a intentarlo, pero algo no iba bien-. He dicho que no me toques, cerdo -repitió. Waterfall sintió que el pelo de la niña ya no estaba tan suave como creía y se apartó horrorizado para mirarla, y lo que vio casi le para el corazón. El rostro de Sherry, que un segundo antes era como el de cualquier niña inocente de ocho años, se había vuelto mortalmente pálido. El pelo estaba enmarañado y en sus ojos brillaba una mirada siniestra. Dio un paso hacia él... y él retrocedió un paso. -¿Qué quieres de mí? -preguntó, con el corazón en un puño. Sherry, o lo que fuera, se encogió de hombros. Cuando abrió la boca, su rostro estaba tan desencajado que no podía articular palabra. Alargó una mano putrefacta y trató de agarrar la corbata del señor gordo y tembloroso que había ante ella, pero antes de que pudiera lograrlo, éste salió corriendo, tropezó y cayó rodando escaleras abajo. Y la sombra de la muerte se iba acercando. Gateó hacia la puerta, pensando en lo irónico que era que normalmente él era el perseguidor, y otra la víctima aterrorizada. Abrió la puerta y salió corriendo hacia el coche. Lo puso en marcha y salió derrapando sin mirar atrás. Cuando llegó al cruce con la carretera principal aceleró con fuerza y no se dio cuenta del camión que se le echaba encima hasta que salió volando a través del parabrisas y chocó de cabeza contra un árbol. Cerró los ojos y antes de sumirse en la inconsciencia de la muerte lo último que vio fueron los rostros horribles de muchas niñas muertas. August 24 Baile social Nibus se había retirado a un extremo de la sala con su bebida, un
caldo oscuro cargado de alcohol suficiente como para hacer arder mil
antorchas durante mil años. O al menos eso le parecía a él en aquél
momento, tan fuera de lugar como una cabra en un bote. En estas cosas
tan alegres pensaba, o quizá en otras parecidas, cuando su mirada se
fue a posar en lo que realmente le había hecho cambiar de opinión con
respecto a la idea de acudir al maldito baile: Ravenna.
La vio llegar con un reluciente vestido de vivos colores, un extraño conjunto blanco virginal combinado con discretos volantes escarlata. O rojo pasión, según quien mirase. Para Nibus, sin duda, era esta última opción, pues no pudo evitar que su corazón se encabritase al contemplar, aunque fuera desde el otro extremo de la sala, semejante esplendor, belleza y demás epítetos que no hacen justicia a la magnificencia que el pobre muchacho estaba contemplando. Sus pies, agentes enemigos infiltrados en su cuerpo, le hicieron caminar hacia ella como un pedrusco que se precipita hacia el suelo. Y lo cierto es que para sus adentros esa comparación era de lo más apropiada: se sentía torpe como una roca atravesando la sala entre corrillos de gente importante que discutía cosas importantes; precipitándose a un final incierto y, con toda probabilidad, fatal para su salud. Al acercarse percibió que el vestido en realidad no era blanco como él había supuesto, sino de una tonalidad extraña que su vista se resistía a clasificar entre azul claro, amarillo, rosa pálido, violeta, tirando a naranja... . En los últimos metros de su aproximación se olvidó por completo de los posibles colores del maldito vestido y quedó cautivado por la perfección natural de Ravenna, la forma en que sus labios dibujaban sonrisas de esas que van traicioneras a clavarse directas al corazón, la majestuosidad con que los oscuros rizos de su cabello caían sobre sus hombros y espalda... el pobre Nibus casi se desmaya al imaginar la posibilidad de que tal vez estuviese babeando. Ojalá no, y se sintió mareado sólo de pensarlo. Ravenna estaba rodeada de cotorras que no paraban de reírse tontamente, enfundadas en extraños vestidos de colores chillones y agitando abanicos a juego, y la verdad es que no hacía tanto calor. Ella respondía a su parloteo sin sentido con leves sonrisas y comentarios breves, que las demás aplaudían por su ingenio o porque simplemente no podían escapar a su embrujo: sencillamente era imposible no admirar/adorar a Ravenna. -¡Mirad! -exclamó una de las cotorras justo cuando Nibus llegaba a su altura-. ¡Es el capitán Olber! Y allá salieron todas corriendo a pasitos cortos (por culpa de esos vestidos y zapatos incómodos, sin duda) a saludar al joven capitán Olber, el nuevo héroe nacional (o algo así), que acababa de llegar con su joven esposa. -¡Mi señora! Permitidme deciros que vuestra belleza, gracia y porte son tan cercanos a la perfección que sin duda los dioses mismos deben de estar ahora contemplando con envidia lo que mis humildes ojos se esfuerzan por creer real y no una ilusión de mi mente creada con el único objetivo de hacerme olvidar todo mal y atisbo de vulgaridad que existe en el mundo. -Sois muy gentil, señor Goodwind. Era ese maldito juglar que tenía locas a todas las malditas mujeres de la ciudad (a Nibus todo le parece maldito esa noche, excepto Ravenna). Había dejado a sus colegas interpretando una musiquilla de fondo a la que nadie prestaba atención y había ido directo a decir todas aquellas bobadas. Bobadas que, por otra parte, a Nibus le habría gustado ser capaz de decirle a ella. Maldito juglar, se dijo, una vez más. -Por favor, llamadme Larley, mi señora -Larley Goodwind se inclinó en una exagerada reverencia que acercó su cabeza peligrosamente al suelo-. Algunos amigos me llaman Lar, pero me hace sentir como si fuera una vaca pastando, no sé por qué. Ravenna se rió abiertamente (malditas vacas). Ése era uno de los chistes de Larley con respecto a su nombre. Otro era que le llamaban Larl, pero que no sabía si realmente lo llamaban a él o es que estaban tan borrachos que no podían despegar la lengua del paladar. Al parecer, ante tan elevada dama, era más apropiada la vaca pastando. Y Nibus allí plantado, mirando y escuchando sin decir esta boca es mía, en una posición en la que cualquiera que mirase hacia ellos pensaría que estaban los tres charlando tranquilamente. Pero no, Nibus callaba y escuchaba, preguntándose si no sería mejor dar media vuelta cuando aún estaba a tiempo. -Os he escuchado tocar el laúd y poseéis ciertamente un talento sin igual -decía Ravenna, con una voz dulce y agradable. Nibus no sabía si era una voz hecha para cantar o no, y la verdad, le daba igual. Larley pasó los dedos distraídamente sobre las cuerdas y arrancó unas notas apenas audibles por culpa de los otros juglares. -No es verdadero talento -afirmó, y Nibus sospechaba con razón que estaba a punto de decir más bobadas-, sino inspiración que me da la habilidad de pedirle a estas cuerdas que hagan maravillas. Si esta noche tenéis una opinión tan elevada de mi interpretación se debe sin duda a que vuestra hermosura me inspira de forma tal que mis dedos, inconscientes, se afanan en producir melodías acordes con vuestra delicada beldad. (Malditas bobadas) -Oh, Ravenna, ahí estás. Era un hombre mayor, con un montón de medallas en el pecho, rodeado por una multitud de gente importante que hablaba de cosas importantes (al parecer, de Ravenna en ese momento). Ella se dirigió a ellos y dejó a Nibus con Larley. -Con la de mujeres que hay por aquí, ¿por qué has tenido que soltarle todas esas cosas precisamente a ella? -Nibus, amigo mío -dijo Larley pasándole un brazo sobre los hombros-, te diré por qué: porque es la única de por aquí a la que no le intereso. Y le guiñó un ojo a un Nibus estupefacto. -Además -prosiguió-, no puedes culparme por ser humano y rendirme ante las cosas bellas que hay en el mundo. -Por lo menos podrías habérmela presentado, para romper el hielo, ya sabes, a ti que se te da tan bien. -¿Cómo? ¿Y que crea que eres un cualquiera que se codea con juglares por ahí? -Larley fingía estar escandalizado-. Vamos, vamos, tienes que hacer acopio de valor y acercarte a ella. Dentro de unos minutos conde y condesa abrirán el baile oficialmente, y cuando eso suceda tienes que invitarla a bailar. Eso te dará la oportunidad de acercarte (mucho) a ella y hablar de cosas sin importancia, o de lo que te dé la gana. Pero no le digas lo guapa que es, seguramente está harta de que se lo digan. Y no vas a superar lo que le he dicho yo, así que ni lo intentes. En el fondo te he hecho un favor, ¿sabes? -Larley se rió, Nibus no parecía muy convencido-. Así que adelante, yo voy a ocupar mi puesto, a anunciar el baile, a hacerle cosquillas a las cuerdas de esta ricura mientras los invitados se unen al conde y la condesa en el baile, y quiero verte allí con Ravenna. -Gracias, supongo -logró articular Nibus, un poco abatido, con su estado de ánimo situado en ese momento de calma antes de la tormenta, porque sabía que en menos de dos minutos iba a convertirse en un saco de nervios, con el corazón desbocado, la vista nublada y los pensamientos centrados en "por favor, por favor, ojalá no haga el ridículo y ella acceda". -La alternativa es quedarte mirando como un tonto (y quizá tener que soportar parloteos de los militares jubilados de allí) -hizo un gesto con la mano- o sacar a bailar a alguna como Tamy -y señaló hacia otro lugar, en el que las cotorras se apiñaban alrededor de alguien, presumiblemente el capitán Olber. Nibus no sabía quién era Tamy, ni falta que hacía porque todas se comportaban igual. Un escalofrío le recorrió el cuerpo-. Bien, veo que estamos de acuerdo. ¡Suerte, compañero! (Maldito Larley) Tras un breve pero intenso intercambio social, Ravenna volvía a estar libre, y hacia ella se dirigió Nibus, con los nervios a flor de piel y preguntándose qué narices podría decir para no hacer el ridículo espantosamente. August 02 Persecución II Cuando Henry I'mafraidIdon'thaveanyspecialpowers entregó su solicitud de dimisión, esperaba no volver a aparecer en ¡Por la cara! El espacio aburrido. Su decepción fue mayúscula cuando apareció en la presente entrada. Su preocupación más reciente, no obstante, era acudir al servicio, y tras comprobar el nuevo modelo de cisterna preventiva, salió del edificio rumbo a los confines del olvido. Esa fue la última vez que se vio a Henry I'mafraidIdon'thaveanyspecialpowers en ¡Por la cara! Por otra parte, el personaje de Albert Chinchaqueyosíquetengo se fue de viaje y fue reemplazado por Wachu, el nuevo actor en prácticas. La excusa oficial era que Wachu era un primo lejano de Albert Chinchaqueyosíquetengo que acababa de llegar a la ciudad en busca de trabajo para mantener a toda su familia. Así las cosas, el guión exigía que Wachu destacase en algún aspecto y que consiguiese algo, como por ejemplo a encontrar a Sara, dado que el señor I'mafraidIdon'thaveanyspecialpowers se había rendido. El problema era que no sabía por dónde empezar, así que Wachu, consciente del peligro, se tomó unas vacaciones en espera de que Sara o Ramiro volviesen a aparecer cerca del espacio aburrido. Durante ese tiempo Wachu empleó su tiempo en vaguear y en comprar chocolate, jugar al Monkey Island y leer libros extraños que le sumieron en un estado de locura profunda. Todo esto, como es natural, resultó completamente inútil cuando la mañana del miércoles 1 de agosto recibió una carta que cambiaría su vida, la de su familia y el mundo en que vivía. --------------------- En otro orden de cosas, la palabra de esta semana es "Above", es decir, encima pero sin tocar. Los conejos sádicos bendigan a mis lectores. O no. August 01 Frases Hechas I Después de algo más de un mes sin dar palo al aguda, hoy tiramos la casa por la ventana y ofrecemos una entrada diferente de las habituales paranoias aburridas para dedicarle unos minutos a la cultura, esa gran desconocida. En concreto, para hacerle caso al título, vamos a explorar una parte no tan desconocida que está presente en muchos momentos de nuestra vida cotidiana sin darnos cuenta: los dichos, frases hechas y refranes. Pero, rompiendo un poco con el lenguaje frío de la introducción, debo aclarar que no voy a analizar exhaustivamente punto por punto el refranero español y los centenares de frases hechas que pueblan nuestras conversaciones y escritos. No, puesto que aquí escribo lo que me da la gana (con permiso de mí mismo) voy a ensañarme con un par que he seleccionado: "El hábito no hace al monje" y "Aunque la mona se vista de seda, mona se queda". Convendrán ustedes, estimados lectores, en que tales dichos son ampliamente conocidos desde el más bajo rufián hasta el más refinado cortesano (por algún motivo absurdo se considera que un habla plagada de refranes y dichos se corresponde con un registro vulgar...). Estas inocentes frases son esencialmente iguales, aunque cambiando al monje por una mona (comentarios aparte). ¿Qué queremos decir con esto? Todos lo sabemos también: que por mucho ornamento, vestimenta, maneras y apariencias varias con que un individuo trate de disimularse, su verdadera naturaleza permanece inalterable. En resumen, que aunque a la mona la vistan de seda, mona se queda, habla por sí solo y en este caso pocas palabras bastan para todos, buenos y malos entendedores. Algo así resulta evidente: todos lo hemos sabido desde siempre. Algunos menos avispados (como un servidor) tal vez no se dieran cuenta cuando eran pequeños y el mundo era un lugar tranquilo y apacible, pero con el paso del tiempo la verdad resultó más que obvia. En este punto a más de uno se le arrugó la nariz y se paró a pensar, sintiendo que algo no andaba bien. No había que pensar, sólo mirar alrededor. Ahí, a todas horas, vayamos donde vayamos, alguna mona se empeña en vestirse de seda. Joyas, maquillaje, coches relucientes, ropa (o más bien no-ropa) de hetaira barata, rejas recién pintadas y toda clase de absurdos empeños por aparentar tener dinero, ser mejor, ser más guapo o más "guay". De modo que todo el mundo sabe que la seda no cubre los defectos, saben que todos lo saben y aún así se empeñan en seguir. ¿No será que me equivoco y en realidad no lo saben? Pero no, trato de ser optimista. TIENEN que saberlo. Incluso teniendo en cuenta el factor autoengaño humano, es incomprensible. Pongamos un ejemplo: Federica Saián vive en un modesto pisito en el centro de la ciudad con su marido y su hijo pequeño, que es un desastre. Su marido en ocasiones se deja un vaso sobre la mesa para tomarse un refresco y ahorrar agua lavando vasos. Su hijo juega con sus juguetes en su habitación y una sábana cubre el sofá para que no se ensucie. La ropa se tiende en la terraza y, como es normal, existe un cuarto de baño dedicado a esas necesidades naturales que todos tenemos. Cuando la señora Saián recibe la visita de su amiga Teresa Mons, los juguetes se guardan de forma ordenada en un armario en el que no caben, los vasos se lavan y se colocan de forma pulcra y ordenada casi al milímetro, la sábana se retira para mostrar el sofá, la ropa se esconde y el cuarto de baño se cierra. El niño se peina y su ropa es impecable. Cuando Teresa llega, alaba a Federica (aunque en realidad sepa que todo es artificio). ¿La moraleja? Hay dos: una es que el culo de las visitas siempre mancha menos que el nuestro y la otra es que la gente rebosa hipocresía por cada poro de su piel, haciendo juicios superficiales y, sabiendo que los demás lo van a juzgar de forma superficial, aparentando ser lo que no se es o como no se es. La tercera moraleja podría ser que la gente que aparenta mucho no caga... ¿No es un poco estúpido? Hoy en día no es importante ser el mejor, ni ser bueno, sólo basta con parecerlo. Y la verdad es, señores, que las apariencias engañan. |
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